
No se dejen engañar: ella parece una geisha, pero no lo es. Sí, sí, ya sé que su gesto de sumisión, su postura de aparente entrega y su semisonrisa engañosa pueden confundir al observador más competente.
Sin embargo no es ella quien complace sino quien será complacida. Tiene un plan.
Desgrana, con astuta mano solícita, un racimo de uvas para su amante, que las recibe casi con displicencia, los ojos cerrados para ver mejor la imagen que ama aunque desprecia. Él sabe y la deja hacer.
La mujer ya ha dispuesto cómo sigue la historia que lleva meses de agónicos encuentros. Hay un pacto tácito en el que cada quien sabe lo que debe hacer.
Intuyen que el final será dulce y hasta placentero, como el fluir manso de un río de llanura. No habrá sorpresas ni reproches -no sería justo-. Cada paso fue urdido con la meticulosidad del artista. Cada pincelada, el contraluz que ofrece el amanecer, hasta el espesor del trazo definitivo han sido pensados para guiar con eficacia el brazo ejecutor.
El hombre roza apenas, con urgencia de principiante, el objeto capaz de brindar tanto dolor y tanto placer. El desenlace es inminente.
Con la última uva y la caricia definitiva llega el punto final, directo al corazón. El puñal conoce su propósito. La mujer se lo ha confiado de antemano. Ella cae blandamente a los pies de la cama, los ojos agradecidos. Fin del dolor cotidiano. Ite misa est*.
* Váyanse. La misa terminó
Sin embargo no es ella quien complace sino quien será complacida. Tiene un plan.
Desgrana, con astuta mano solícita, un racimo de uvas para su amante, que las recibe casi con displicencia, los ojos cerrados para ver mejor la imagen que ama aunque desprecia. Él sabe y la deja hacer.
La mujer ya ha dispuesto cómo sigue la historia que lleva meses de agónicos encuentros. Hay un pacto tácito en el que cada quien sabe lo que debe hacer.
Intuyen que el final será dulce y hasta placentero, como el fluir manso de un río de llanura. No habrá sorpresas ni reproches -no sería justo-. Cada paso fue urdido con la meticulosidad del artista. Cada pincelada, el contraluz que ofrece el amanecer, hasta el espesor del trazo definitivo han sido pensados para guiar con eficacia el brazo ejecutor.
El hombre roza apenas, con urgencia de principiante, el objeto capaz de brindar tanto dolor y tanto placer. El desenlace es inminente.
Con la última uva y la caricia definitiva llega el punto final, directo al corazón. El puñal conoce su propósito. La mujer se lo ha confiado de antemano. Ella cae blandamente a los pies de la cama, los ojos agradecidos. Fin del dolor cotidiano. Ite misa est*.
* Váyanse. La misa terminó
Samsara

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